Estos días pasados, en dos ocasiones diferentes me he encontrado con una reflexión interesante, la llamada compra emocional, entendida como aquella que nos entra "por los ojos" como me comentaba una agente comercial. Los tasadores ponemos precio a los inmuebles a partir de un estudio de mercado del que obtenemos un precio medio que aplicamos a la superficie, ya sea útil, construida o construida con comunes, dependiendo de los criterios de la empresa. Creo que no es muy complicado de entender y es un sistema que nos permite comparar precios de diferentes inmuebles que nos puedan interesar, ya que normalmente se trata de la inversión más alta que haremos en nuestra vida (los que no somos rico, claro está). Sin embargo, la mayoría de compradores, como voy constatando a lo largo de mi experiencia, desconoce el dato más importante que nos permitiría esa comparación: la superficie útil o construida, terrazas, etc. Cuando a alguien le gusta un piso por sus acabados o instalaciones, por sus vistas, su situación, terrazas, ascensor, etc, siendo esos factores importantísimos, lo que le interesa es su precio final, cosa perfectamente lógica, pues nadie se compraría un piso o una casa que no pueda pagar, ¿verdad? Sin embargo, la comparación, una vez tenemos algunos candidatos, se produce en valor absoluto, y no en valor relativo a los metros cuadrados disponibles, lo que nos puede llevar a pagar mucho más de lo que "vale" ese piso e incluso nos puede impedir una posible negociación dado que no sabemos en qué punto del mercado nos encontramos.
De hecho he constatado en ocasiones verdaderas barbaridades en cuanto a la superficie que nos dice el comercial de turno que tiene la vivienda, por no haber confeccionado un croquis orientativo (es muy sencillo y lleva muy poco tiempo).
Luego vienen los problemas cuando la tasación no alcanza el valor que el comprador está dispuesto a pagar, ya que está completamente fuera de mercado, y no puede concederse la hipoteca que necesita el comprador.